FUNCIONARIO DENUNCIADO

“Te voy a romper la cabeza, no sabés con quién te estás metiendo”

marzo 9, 2012


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esa fue la frase utilizada por Alberto Olmos, según consta en la denuncia, para amenazar a un referente vecinal de Ramos Mejía. Todo ocurrió hoy en la planta baja del Palacio Municipal.

El ya conocido referente vecinal de Ramos Mejía Miguel Presa, denunció hoy penalmente al titular de la Secretaría de Planificación Operativa y Control Comunal Alberto Olmos, luego de que el funcionario vertiera palabras amenazantes cuando le pedía una reunión.

Según consta en la denuncian realizada hoy en San Justo, Miguel Presa se encontraba en la planta baja del Palacio Municipal cuando divisó al funcionario realizando una fila aparentemente para realizar un trámite. Según dijo Presa, en ese momento le preguntó cuándo podría atenderlo ya que tenía intenciones de presentarle diversos reclamos relacionados con la construcción ilegal en Ramos Mejía y una problemática que afecta a una vecina de González Catán.

“Ojo, vos no sabés quién soy yo; te voy a romper la cabeza, no sabés con quién te estás metiendo”, habría vociferado Alberto Olmos antes la mirada de todos los que se encontraban en el lugar.

Ante tal situación, el personal de seguridad de la Comuna le solicitó a Miguel Presa que se retirara del lugar, y el referente vecinal se dirigió hacia la Fiscalía General del Departamento Judicial de La Matanza y asentó una denuncia penal por amenazas.

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One Response to ““Te voy a romper la cabeza, no sabés con quién te estás metiendo””

  1. Ariel dice:

    LA COLUMNA DE LA SEMANA

    En decadencia

    Con excepción del ingrediente Moreno, el kirchnerismo pierde, día a día, su capacidad de sorprender. Para el observador, todo comienza a tornarse previsible. Tal vez porque las cosas se repiten.

    lunes, 12 de marzo de 2012

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    El accidente ferroviario que provocó más de medio centenar de víctimas fatales refleja el deterioro del transporte público.

    Con excepción del ingrediente Moreno, el kirchnerismo pierde, día a día, su capacidad de sorprender. Para el observador, todo comienza a tornarse previsible. Tal vez porque las cosas se repiten. Quizás, porque los suplentes que ahora integran el Gobierno, son sólo eso, suplentes con escasa jerarquía. Obviamente, porque el relato de tanto ser repetido pasa a ser aburrido. Seguramente porque la imaginación, fecunda hace unos años, necesariamente se agota cuando se trata de inventar todos los días para explicar lo inexplicable.
    Sin dudas, cuando las cosas van mal, el entusiasmo decae, la euforia finaliza y la predisposición se torna reticente. No obstante, llama la atención la velocidad con que el clima de omnipotencia que vivía el oficialismo a fines del año pasado dio paso a un ambiente laxo, aunque no reflexivo, donde las cosas se hacen y se dicen a medias. Casi como si no quedara otro remedio.
    Sí, los golpes recibidos fueron duros. Muy duros, pero no por ello imprevistos.
    Que las cuentas públicas no cerraban, era un tema harto conocido durante el transcurso de la campaña electoral del año pasado. Semejante nivel de gasto público con fines electoralistas era imposible de sostener en el tiempo.
    Que el transporte público enfrentaba peligro de colapso, no era sorpresa para nadie. Menos aún para quienes lo utilizan a diario en el Gran Buenos Aires.
    Que la crisis energética queda a la vuelta de la esquina era y es verificable con solo reparar que del autoabastecimiento petrolero y gasífero, el país pasó a ser importador relevante de hidrocarburos.
    Todo cuanto pasa, conocido era que iba a ocurrir. Por tanto, era dable pensar que el Gobierno tendría respuestas preparadas. Pues no, no las tuvo, ni la tiene. Sólo atina a hablar -cada vez menos- y, en el mejor de los casos, a “parchar” agujeros por donde se escurre el agua.
    Y nada más. Este kirchnerismo de hoy ya no es eficaz, mucho menos eficiente y ni siquiera es divertido. Perdió la alegría. ¿Perdió la confianza?

    Ella

    Cualquier análisis sobre el comportamiento K, más aún en la presente etapa, debe comenzar necesariamente por un análisis de las actitudes de la propia Cristina Kirchner.
    Y la primera conclusión es que está y no está. Dice presente, invariablemente, cuando se trata de un acto programado, pero brilla por su ausencia el resto del tiempo, aun cuando las circunstancias son de tal gravedad –tragedia de Estación Once, por ejemplo- que requieren de alguna actitud presidencial.
    Nada parece quedar de aquella Cristina Kirchner omnipresente, en los medios de comunicación, de la época electoral. Por el contrario, licencia por enfermedad, reclusiones en Calafate o Río Gallegos, ausencias en Casa de Gobierno, escasísimo diálogo con sus colaboradores, ponen en evidencia a una Presidenta dispuesta a cumplir estrictamente su rol y nada más.
    Si la observación es empírica, la interpretación -como es lógica- resulta libre y por tanto, subjetiva. Hecha la aclaración, parece -de momento, sólo eso- que la voluntad de la Presidenta flaquea. Relacionada con las enormes dificultades que atraviesa el Gobierno, la causa de dicha flaqueza bien puede atribuirse a una sensación de fracaso que reemplaza al otrora optimismo a ultranza.
    Dos elementos coadyuvan a la tesis. Por un lado, el tono quejoso de incomprensión y de soledad que utiliza la Presidenta en sus, ahora contadas apariciones públicas. Por el otro, su inestabilidad emocional que la lleva del ataque al llanto, de la dureza al quiebre, de la omnipresencia a la ausencia.
    Cristina Kirchner acumula, tras el resultado electoral, la suma del poder público -un objetivo soñado- pero esa suma de poder público en nada garantiza la buena marcha, aún para los parámetros K, de la administración.
    Dicen las encuestadoras que la confianza de la ciudadanía en su Jefe del Estado cayó en sólo dos meses en alrededor de 21 puntos. De un casi 71 por ciento de satisfacción frente a la gestión presidencial a comienzos de año, hoy el índice de aprobación se sitúa en un 50 por ciento. Aún es mucho, sí. Pero ya es menos -a juzgar por las encuestas que encarga el propio Gobierno- que la cantidad de votos obtenida.
    Para quién, como la Presidenta, es un consumidor compulsivo de las muestras, semejante caída no puede sino dañar el ánimo.
    Obviamente, no es neutro. El problema es entonces el grado de depresión que generan los malos resultados. O se reconvierte en un incentivo para la lucha. O se profundiza y genera parálisis.
    De momento, ni lo uno, ni lo otro. Es indefinido. Está y no está. La necesidad, en muy poco tiempo, determinará cuál de las dos actitudes prevalece.

    El Gobierno

    Y el Gobierno no le va en zaga. Repitamos que Cristina Kirchner acapara la suma del poder público. Por ende, su predisposición es clave para que el Gobierno, gobierne.
    Esa suma del poder público inhibe a todos los funcionarios -salvo a Guillermo Moreno- de adoptar cualquier tipo de iniciativa. Nadie decide nada. Todos esperan, cuando no la orden, la bendición de Cristina Kirchner.
    Así, gran parte de los ministros son absolutamente desconocidos para los ciudadanos. Sus apariciones en público o a través de los medios de comunicación a lo largo de meses, se cuentan con los dedos de una mano. Nunca hablan. Nunca actúan.
    Por supuesto que semejante disciplina suele ser más aparente que real. Es que suele ocurrir que cuando el nivel de creatividad tiende a desaparecer, casi inversamente proporcional suele crecer el nivel de conspiración.
    Así, se forman y se deshacen alianzas para enfrentar a tal o para quitarle poder a cual.
    El Jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, como fue publicitado, brilla sí… pero por su ausencia. A tal punto, que hasta se extrañan las bravatas de mal gusto de Aníbal Fernández. Alberto Fernández y Sergio Masa, antecesores en el cargo, parecen estadistas de fuste frente a la inexistencia actual.
    En todo caso, Abal Medina de nada sirve para poner límites al combate de fondo que protagonizan Guillermo Moreno -ni siquiera es ministro- y Julio De Vido.
    Si no fuese por las serias consecuencias para la vida cotidiana de los argentinos, las peleas en el gabinete harían las delicias de algunos de los ciclos televisivos de media tarde que se ocupan de los esplendores y de las miserias de las figuras y figuritas televisivas.
    Guillermo Moreno ataca y desmerece en público a Amado Boudou, Héctor Lorenzetti, Débora Giorgi e ignora a Norberto Yahuar. Moreno es sólo secretario de Estado, los demás son vicepresidente y ministros. No importa, él tiene más poder. Mercedes Marcó del Pont, presidenta del Banco Central, es su nueva subordinada. No porque lo indique el organigrama. Simplemente, porque está totalmente enfrentada a Boudou y eso es suficiente para ser “amigo del enemigo de mi enemigo”.
    Julio De Vido no habla con Carlos Tomada. El desacuerdo surge de la relación con Hugo Moyano. De Vido es la tolerada carta dialoguista. Tomada, lo contrario. El problema es que Tomada es el ministro de Trabajo y De Vido ni lo consulta cuando hace sus movidas dentro del movimiento sindical.
    Moreno arrebató a Giorgi el control de las importaciones, a Lorenzino, el control cambiario y pelea para quitarle a De Vido la política energética, algo que ya logró en buena medida con el control de las importaciones.
    Todas estas disputas palaciegas repercuten en la vida común de los argentinos. En la de aquellos que utilizan el transporte público, la de aquellos que dependen del traslado de mercancías, la de quienes trabajan en las industrias, en los servicios o en el agro que funcionan sobre la base de energía, la de quienes forman parte de la fabricación de productos con insumos y maquinarias importados. No son neutras.
    Y, por supuesto, quedan las peleas de La Cámpora por mayores cuotas de poder y remuneración; las de Mariotto y Scioli en la provincia de Buenos Aires; la pelea con Moyano y la de Garré con Casal por la policía bonaerense, entre otras.
    O Cristina Kirchner disciplina. O la cuestión se va de las manos.

    El relato

    Hasta aquí el Gobierno solucionaba con relato. A más problemas, más relato. Pero el relato amenaza con tornarse tedioso. Por repetido, por cada vez menos imaginativo.
    La disputa con los medios de comunicación no kirchneristas ya sólo moviliza a los ultra k. La concentración de medios oficialistas no sirve para contener las malas noticias. La tragedia de Estación Once, el estado deplorable del ferrocarril Sarmiento, la falta de inversión y de control, la inflación, la caída del ritmo de crecimiento no se disimulan con comunicadores pagos, ni con publicaciones o emisoras adictas.
    Tampoco el ataque a los no oficialistas convence sobre supuestas conspiraciones para encontrar que todo anda mal.
    El patetismo de las excusas es tal que la evidente corrupción alrededor del Caso Ciccone mereció como gran respuesta de Amado Boudou, el echar culpas sobre Clarín y La Nación. Boudou hizo la vista gorda sobre los volantes que caían en el Congreso Nacional el día de la apertura del período ordinario y que decían “Boudou miente”. Hizo la vista gorda porque caían desde el palco donde estaban los acólitos de Moreno quien los mandó a hacer en la misma imprenta donde imprime los envoltorios de los alfajorcitos marca “Clarín miente” con que convida a los empresarios a quienes apestilla.
    Ya nadie insiste con “sintonía fina” porque todos saben que significa “ajuste”.
    Es tan evidente la pretensión de un uso circunstancial de la cuestión Malvinas que las sobreactuaciones de la presidente solo movilizan a una oposición carente de ideas y presta a hacer cualquier cosa para ganar un minuto televisivo.
    A diferencia del conflicto con el campo cuando se hablaba de “redistribución de la riqueza” o de “renta extraordinaria”, esta vez el manotazo a las reservas no conlleva justificativos. A no ser, el reconocimiento, por lo bajo, de que se acabó la plata.
    El relato parece agotado, al menos en la imaginación. A tal punto que el ejército de blogueros que financiaba el gobierno disminuyó sensiblemente sus filas. No tanto porque las cosas no van bien, algo más por la parálisis que afecta a los dirigentes, mucho más porque se acabó la plata y no se están renovando los contratos de estos militantes a sueldo.

    La realidad

    Ocurre que ni relato, ni voluntarismo, pueden tapar la crudeza de una realidad que nadie sabe muy bien como enderezar.
    Falto de inventiva, el Gobierno recurre a sus recetas tradicionales: el “manotazo” y la “búsqueda de culpables”
    La versión actual del “manotazo” la componen las reservas del Banco Central y la posible intervención sobre YPF.
    Por las primeras, el Gobierno se asegura cierta impunidad, dada la inexistencia de la oposición. Obviamente, no es lo mismo intentar manotear el dinero de los productores agropecuarios o el de los banqueros y ahorristas que las reservas del Central, que son de todos pero no son de nadie.
    El Gobierno ya no tiene margen para arriesgar en conflictos. En realidad, hizo siempre alharaca pero a la hora de la verdad, sólo se atrevió con los recursos de las provincias y de los jubilados. O sea, les quitó a los pobres para subsidiar amigos y consumos de ricos.
    Por supuesto que “manotear” al Central puede ser inocuo desde una eventual resistencia pero, sin ninguna duda, no lo es desde las consecuencias económicas y sociales. Dicho en otras palabras, el país se encamina fatalmente hacia una inflación mayor que perjudicará a todos, pero mucho más a quienes perciben ingresos fijos.
    En cuanto a YPF, muchos son los amagues para meter mano en la petrolera -gobernadores, De Vido- pero la oportunidad para hacerlo ya pasó. Fue cuando la presidente de la República nada dijo durante el mensaje de apertura de sesiones del Congreso.
    Nada dijo porque horas antes la Casa Real y el Gobierno de España se encargaron de advertirle al respecto. Disciplinadamente, Cristina Kirchner acató. Tampoco queda margen o voluntad para enfrentar a los de afuera.
    La petrolera estatal era tentadora -sobre todo para la militancia hiper rentada de La Cámpora- dado que se trata de la empresa con mayor facturación en el país, pero además lo era porque cumplía con el otro requisito de la política K: la búsqueda y el hallazgo de culpables. Con los dueños de YPF como enemigos, el desastre de la política energética K quedaba diluido.
    Y en esto de buscar culpables, también la cacareada conflictividad K está en baja. Ya nadie ataca a los sectores económicos en aras de una “redistribución de la riqueza”. Ahora, los enemigos tienen nombre y apellido: Jorge Brito, la familia Eskenazy, quizás los hermanos Cirigliano. Todos ellos, beneficiarios otrora de los favores K.
    Brito era el banquero de Néstor, hoy es el culpable de la corrida bancaria. Los Eskenazy ingresaron, de la mano de Néstor, a YPF sin poner un peso a cambio de la autorización a Repsol de remitir la casi totalidad de las utilidades de la petrolera a España. Los Cirigliano fueron los beneficiarios de buena parte de los subsidios millonarios al ferrocarril y de la vista gorda en materia de controles por parte de los funcionarios K, Ricardo Jaime, Juan Pablo Schiavi y Julio De Vido.
    Son culpables pero sólo de palabra. Brito es acusado por Moreno pero recientemente vendió alguna de sus propiedades en Puerto Madero a la familia Kirchner. La ofensiva contra los Eskenazy está en veremos. Y frente a los Cirigliano, el Gobierno pondera una disputa política con Mauricio Macri por el traspaso de los subtes y las líneas de colectivos de la ciudad de Buenos Aires a fin de quitarse el insostenible peso de los subsidios.
    Es tal la devaluación K, que la Presidenta -hasta ahora siempre lista para la conflictividad- hace oídos sordos frente a los desafíos de Hugo Moyano, quien al tanto del “apichonamiento”, vuelve a levantar la cabeza y, sobre todo, la voz.

    Sólo Moreno

    Julio De Vido pareció tomar impulso durante la semana. Se lo vio eufórico. Contra su voluntad, por orden presidencial, debió echar a Juan Pablo Schiavi. Curioso, lo ponderó tanto en su despedida que nadie entendió muy bien por qué no continuaba en el cargo. Pero su alegría fue grande cuando supo que podía designar al sucesor. Tal era su “capitis diminutio” que la migaja pareció un vendaval de aire fresco.
    Mientras De Vido pugna por retornar a un primer plano, Guillermo Moreno acapara los focos. Su misión Angola es, a todas luces, un remedo para la reciente incapacidad creativa del Gobierno.
    Se podrá decir que el mismo invento hizo López Rega, allá por los años 70, con su misión a Libia. Es cierto, pero fue hace tanto tiempo que lo de Moreno recupera patente de creatividad.
    Por supuesto, otra cosa es hablar de los resultados en Angola. Tan magros como eran de esperar. Nadie vendió nada, o casi nada. Pero, para todos fue un éxito. Para los empresarios, casi todos de segundo nivel, porque lograron un “buen trato” por parte de Moreno que habitualmente los apalea. Y para Moreno porque con el anuncio de una visita de la Presidenta al país africano avanzó en su pretensión de adueñarse de la política energética y reemplazar la estrecha y no investigada relación De Vido-Venezuela por la de Moreno/Angola.
    Moreno inventa. Cualquier cosa, pero inventa. Es el último entusiasmado.

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