CRECE LA DEMANDA SOCIAL

Abrieron un comedor nocturno y más de cien personas concurren todos los días

agosto 22, 2018


Es en González Catán. El reclamo de alimentos en los barrios más vulnerables se hizo común y crece de manera considerable. En los galpones de la estación de trenes se abrió un comedor nocturno al que unas 140 personas concurren a buscar su cena. Una realidad que ya había sido advertida desde el Municipio.

“Bienvenidos al hambre” decía aquella gigantografía que Pinky había mandado colocar en González Catán. Muchas fueron las críticas que recibió antes de aquella elección de 1999. Casi veinte años después se vuelve a hablar del tema, pero esta vez la mujer que pone la palabra hambre en la mesa de discusiones es la propia intendenta Verónica Magario y desde Cambiemos le saltan al cuello acusándola de mentirosa.

La jefa comunal empezó a mencionar el terma en junio último, cuando afirmó que “en las escuelas públicas de La Matanza los comedores crecieron un 50 por ciento promedio, pero llegaron al 150 por ciento en los sectores más vulnerables”.

Magario detalló que la demanda también llegaba a través de las iglesias y los centros de jubilados. “Tenemos un registro de 150 mil personas por afuera del sistema en lo que respecta a cubrir las necesidades alimentarias más básicas. En La Matanza la gente está pasando hambre”, advirtió la intendenta.

Muchas fueron las empresas que en los últimos meses cerraron sus puertas y/o redujeron la cantidad de personal. A esto se le suman tarifas impagables en las zonas más vulnerables del Distrito, además del aumento constante de los alimentos. El resultado del coctel es obvio: cada vez más personas buscando refugio en merenderos y comedores comunitarios.

Hace poco más de un mes, cuando realizaban sus tareas diarias, empleados municipales de González Catán comenzaron a notar que la demanda se modificaba. “Es normal que cuando uno visita merenderos o entidades barriales se acerquen vecinos a pedir algún colchón o frazadas

-cuenta Laura Devesa-, pero acá en González Catán empezó la demanda de leche y fideos, cosa que no pasaba hacía mucho tiempo”.

Tomó cuerpo entonces la idea de aportar en medio de la crisis y el grupo que lidera Devesa pidió a la Secretaría de Desarrollo Social cien cupos para poder abrir un comedor nocturno.  “Nos dimos cuenta que los chicos almorzaban en los comedores de las escuelas y después merendaban en los merenderos barriales, pero a la noche se quedaban sin cena”, explica Laura.

Semanas después el problema se agudizó cuando se suspendieron las clases en cerca de cien escuelas por las malas condiciones edilicias.

Manos a la olla

Son las 4 de la tarde en González Catán. No importa si hace frío o llueve. Un grupo de voluntarios comienza a prender el fuego, preparar las ollas y cortar las verduras. Cualquiera podría pensar que es temprano, empero serán más de cien personas las que en pocos minutos harán una fila en las puertas del galpón que se encuentra en la estación de trenes, todas bajo un mismo objetivo: conseguir un número y no perder la comida que tendrá su familia en la mesa esta noche, tal vez la única del día.

“Tenemos entre 130 y 140 personas por día, el pico máximo que llegamos a tener fue de 156”, detalla Laura Devesa. ¿Cómo se hace entonces si el alimento enviado por el Municipio es ara un máximo de 100 personas?: “la gente en González Catán es muy solidaria, los comerciantes se acerca y traen donaciones, todos los días por suerte tenemos donaciones de fideos, polenta, lentejas, pan, y un carnicero nos dona carne picada de manera semanal”, explica.

El menú es evaluado por un nutricionista que trabaja en Desarrollo Social, y está compuesto por fideos con tuco, guiso de arroz, fideos con pollo y lentejas con carne o pollo. A eso se le suman las donaciones que se van racionando para lograr no quedarse sin alimentos.

Los voluntarios que ayudan en la cocina son cooperativistas que por la mañana cursan sus estudios en el mismo lugar. “Muchos de ellos están en las mismas condiciones que la gente que viene a retirar su vianda, sin embargo no quieren llevar comida porque lo toman como una tarea solidaria hacia el prójimo”, dice Devesa.

Cerca de las 19 horas las puertas del galpón deben cerrarse, sin embargo ocurrió que a esa hora llegó gente pidiendo alimentos. Lo que se hace en ese caso es entregar mercadería para que la familia pueda cocinar en su casa.

La demanda llega desde muchos barrios de esa localidad. En su mayoría, los vecinos están domiciliados en los barrios San Enrique, Lasalle, Santa Rita, El Dorado, El Talita, Alberdi y Santa Cecilia.

Tres hombres jóvenes llamaron la atención de los voluntarios. Llegan todos los días, sólos, a llevar la vianda para sus familias. Cuando los responsables del comedor entregaron los datos a Desarrollo Social y se hizo un cruzamiento con ANSES, advirtieron que se trataba de personas que habían estado trabajando más diez años en distintas empresas, y que en diciembre último fueron despedidas.

Uno de ellos tiene siempre la mirada gacha, recibe su vianda, dice muchas gracias y se retira. “Debe ser denigrante para un hombre joven y sano que no consigue trabajo, tener que venir y sentirse poco útil retirando una vianda”, evalúa Laura Devesa.

Hay también tres familias con hijos adolescentes discapacitados y familias con siete hijos. Son los que antes no necesitaban ir a un comedor, cocinaban en sus casas como cualquier familia y hoy se ven empujados a otra realidad. Acá el hambre no se discute, está ahí, es hasta palpable. En esas viandas con comida no hay especulación política. Viene pasando desde hace varios meses y sigue creciendo. Se ve, ya, como la nueva realidad.

Sobre llovido…

Alfredo va todos los días al comedor nocturno de González Catán. Es maestro pastelero, está sin trabajo, y se enteró que en una panadería de Carlos Spegazzini está buscando personal.

El hombre se hace de unos pesos para viajar, averigua cómo llegar hasta el lugar y se va a dar la prueba. Alfredo hizo 25 tortas y masas finas, trabajó tres horas. Le dijeron que deja su curriculum y le dieron sólo dinero para volver a González Catán. Alfredo trabajó gratis y ni siquiera le pagaron la jornada. Esa noche el hombre vuelve al comedor a buscar la cena para su familia. Alfredo tiene un hijo discapacitado de 14 años.

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